Azul

blue-hair---winslet_dbozl2[1]

Su nombre, Azul, y ella, azul, como su nombre. Versada en el blues, con sus ojos cincelados por un escultor griego me miraba al otro lado del café.

Había algo clásico en ella, un no sé qué que me recordaba a las actrices de las películas antiguas. Tal vez era su elegancia, que no es otra cosa que el saber elegir. Aunque ella no escogió sus ojos azules, ni su nombre, Azul, ni tampoco la sonrisa que me perseguiría durante tantos años. Sí escogió sin embargo su larga falda gris, su jersey negro, sus sandalias Birkenstock. También, lo descubriría más tarde, las fotografías de las fases lunares que colgaban en su habitación, como banderines rectangulares celebrando su alma de bohemia, valiosamente escondida.

Escondida, como solía llamar a su álter ego. Su cara oculta, que revelaba a otros que no era yo, y de la que sólo recibía de vez en cuando un vistazo fugaz. Ella estudiaba ciencias, pero como cualquier otro ser humano, su alma y su corazón pertenecían a cosas totalmente opuestas. Así bailaba ella consigo misma, Azul con Escondida, en un ballet que se detenía de vez en cuando para descansar, acostarse, cerrar los ojos, y dormir. Sólo entonces bajaba la guardia, se dejaba vulnerable a los demás. Pero en su habitación de estudiante en la capital nadie la observaba. Tan sólo cuando la imaginaban, y ni siquiera podía ser fiel tal imaginación. Estaba sola, a solas consigo misma, soñando con alguien que nunca era yo, alguien a la altura; algún fantasma del pasado quizá.

lea-seydoux-blue-is-the-warmest-color-01-1049x438-1024x427[1].jpg

Todo esto pude percibirlo desde el momento en que cruzamos las miradas en aquel café. Sabía que ella era una artista de la fuga, y que en cualquier momento podría desaparecer como Houdini. Tal vez por eso fui tan resolutamente a hablar con ella, preguntarle su nombre (Azul), decirle qué tal le iba. En cuanto escuché su voz por primera vez, nuevas revelaciones acudieron a mi cabeza como una multitud de gente intentando conseguir la primera fila en un concierto. Desde aquel momento pasó a ser Azul la Tejesueños, porque pronto nos imaginé paseando de la mano por alguna calle romana a la luz del atardecer, sacándole una foto al atardecer, paseando, pensando qué filtro le haría más justicia a la imagen, subiéndola a Instagram, alegrándome por los likes y no por estar con ella; pues en este sueño ella tan sólo era un instrumento, unas tijeras que recortaban mis imperfecciones, un arma de destrucción masiva contra mis dudas.

¿Cómo no decirle que no a Azul? Si ella iba a teñirlo todo como un Pilot que se rompe en el bolsillo de una camisa blanca. Si ella, con esa sonrisa confeccionada por un maestro modisto, era el ángel que había venido a salvarme. Si ella, devota de mi bienestar, fue colocada por el destino o por un dios en medio de mi camino para ser la salvaguarda de mi felicidad. ¿Cómo no iba yo a tener el derecho, qué digo, la obligación, de acudir a su llamada?

(Si tan sólo por un instante yo hubiese salido de mí. Pero todo lo que quería era cogerle de la mano y decirle que la amaba, y que nunca me separaría de ella. No me di cuenta de que tal vez no quería escucharlo; o que tal vez no era el momento; o que tal vez no era ella).

6a00d8341c630a53ef0133f30781ef970b-800wi[1].jpg

De algún modo, salimos de allí conociéndonos un poco peor. Yo había atrapado su alma en mi teléfono, y allí estaba cuando la quería. Pero ah: su corazón dormía en otro lugar. Lo supe cuando me habló del que, meses después, sería su novio. Lo supe cuando, en su habitación, me senté en su cama, y ella se sentó en la silla del escritorio y habló sobre algo. Escondida seguía siendo una desconocida para mí, a pesar de que sabía que existía (que debía de existir), y que como a Azul, también la quería para mí, no sé muy bien para qué. Pero es que Azul no era suficiente. Esa fue una revelación dura de soportar. Porque una vez pude ver lo que había tras sus ojos azules, me decepcioné terriblemente. Sólo había tristeza, ¿y cómo iba ella a arreglar la mía?

¿Por qué estás triste, Azul?, fue algo que nunca le pregunté. Tal vez por eso un buen día se marchó y no supe nada más de ella. Tal vez fuera por culpa de mi egoísmo, porque nunca me preocupé realmente por ella, porque no quería saber qué le hacía estar tan triste. Creo que ni siquiera quería de verdad conocer a Escondida. Sólo la vi como una herramienta que utilizar para arreglarme a mí mismo, y no tuve en cuenta toda la complejidad que todos los seres humanos llevan consigo. Fue por eso que poco a poco desapareció, como la Luna nueva. De eso estoy seguro. Al final no dejó rastro, y nunca llegué a saber quién era. Solamente conocí su sonrisa, sus ojos y su tristeza. Tal vez por eso la llamé Azul.

Anuncios