Bifurcación

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Un amigo me dijo que le había visto haciendo la compra en un Mercadona cerca de donde solía vivir. Sabía que se había mudado, pero no a dónde ni cuándo exactamente. Hacía casi un año que quedé con Albert por última vez. No recuerdo qué habíamos hecho –probablemente tomar un café–, o de que habíamos hablado. Hacía diez años que éramos amigos. Y desde aquella tarde de mayo no volví a saber nada de él.
¿Por qué no respondía a mis mensajes? En mi cabeza repetía una y otra vez nuestro último encuentro hasta que la memoria cedió a la imaginación y acabé por no recordarlo. Pasé de la inquietud a la desesperación en poco tiempo. Quizá no sea culpa mía, quizá este deprimido, u ocupado con algo. Con algo que no soy yo. Llegué a pensar hasta que se había muerto, o que había huido del país. Me cuesta reconocerlo, pero a veces desearía que se hubiera muerto. Al menos eso explicaría su repentino cambio de actitud hacia mí; los muertos no le pueden desear mal a nadie. Siempre que un pensamiento siniestro como aquel sobrevolaba mi mente, me justificaba diciéndome a mí mismo: «Es mi mejor amigo».

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Al día siguiente de que mi amigo me dijera que le había visto, decidí ir a aquel Mercadona; en parte por confrontarle y pedirle explicaciones, en parte por comprobar que de verdad seguía aquí, en Barcelona, y que llevaba una vida en la que yo no estaba incluido.
Aquel día hacía calor, pero me vestí de negro igualmente, como si fuera un ladrón que se va a infiltrar en una casa. Hasta me compré una gorra que combiné con unas gafas de sol que tenía olvidadas en un cajón. El Mercadona estaba en una calle peatonal, y cada cien metros había bancos para que la gente se sentase y esperase a que algo sucediera.


Tenía un periódico conmigo, no recuerdo cuál (probablemente El País, o El Mundo). Pasada una hora ya lo había leído entero, incluso había resuelto el jeroglífico del final. La respuesta era «bifurcación». Me entró hambre, pero esperé un rato más a que Albert apareciera. Volví a leer el periódico de cabo a rabo, otra hora pasó. Me cansé y me fui a comer por ahí.
Mientras comía una tapa de tortilla con pimiento me empecé a cuestionar lo que hacía, vestido como un vulgar ladrón, leyendo un periódico como si estuviera en una peli de espías. Pero al día siguiente volví a aquella calle. El periódico hablaba de los temas de siempre: el Brexit, el Procés, Theresa May anunciando su dimisión… Parecía que todo el mundo quería irse del lugar en el que estaba. Me imaginé en el futuro a un país entero yéndose a Marte. ¿De qué huyen todos? ¿Y a dónde van?

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En aquel preciso instante, Albert entró al Mercadona. Tenía el pelo más corto y parecía haber ganado unos kilos, pero por lo demás seguía igual que siempre, con su americana, su camisa y su pelo engominado. Me esperaba verle más distinto, no sé por qué. Hasta pensaba que no le reconocería, pero resulta que más o menos era el mismo. Al menos por fuera.
Esperé a que saliese y le seguí. Nunca antes había seguido a alguien por la calle y me sentí mal, como si estuviera acechándole cuando no había hecho nada malo. De hecho, le estaba acechando. Y sí había hecho algo malo: me había abandonado sin dar ninguna explicación. Había roto el cristal de nuestra amistad con un mazazo, y me dejó sangrando con las esquirlas clavadas en mi piel.


Al fin llegó a su portal y le llamé.
–Albert.
Se giró y me miró como si no me reconociera. Me quité la gorra y las gafas de sol, y su expresión cambió. He olvidado ya cuál fue su reacción. A veces creo recordarla, pero siempre sospecho que es la imaginación la que está cubriendo ese hueco en mi memoria.
–¡Hola, Joan! ¡Cuánto tiempo! –dijo.
Nos quedamos ahí de pie, ante su puerta; él con las bolsas de la compra en las manos, yo con el periódico enrollado. Aquel día no había logrado resolver el jeroglífico.
–¿Te apetece tomar algo? –le pregunté.
–Claro, dame cinco minutos para subir estas bolsas y ahora bajo.
Desapareció tras la puerta. Pasados diez minutos, me pregunté si me había vuelto a dar plantón, pero entonces apareció. Me preguntó que a dónde íbamos. Recordé la heladería a la que solíamos ir el verano que nos conocimos. Le propuse la idea y fuimos para allí.


Me contó que había conseguido un trabajo en una startup. No comprendí bien qué es lo que hacía, solo que tenía que ver con la informática. El último año se lo pasó trabajando y saliendo con sus compañeros de trabajo. Yo le conté que seguía en la panadería de mi padre, que no era un gran trabajo pero que estaba bien mientras decidía qué quería hacer con mi vida.
Llegamos a la Heladería La Ibi, el lugar donde tantas tardes habíamos pasado de adolescentes. Los dos pedimos lo de siempre: helado de nuez moscada y frambuesa. Nos sentamos en la terraza y hablamos de las cosas de las que solíamos hablar, como si no hubiera pasado un año, como si el tiempo no nos hubiera separado cada vez más y más del mismo modo que el universo se expande apartando las galaxias las unas de las otras.

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Le pregunté por qué había desaparecido, y por qué no contestaba a mis mensajes. Mirando al sol que se ocultaba lentamente tras los edificios, me dijo:
–¿Hace cuánto que no nos vemos?
Le dije que hacía casi un año.
–Dios mío –dijo–. ¿Hace tanto?
Yo me había acabado el helado hacía un rato. El suyo se había convertido en líquido, y flotaba en la tarrina creando dibujos de nuez y frambuesa.
Nos despedimos con un abrazo y me prometió llamarme la semana siguiente. Observé cómo caminaba por la avenida, haciéndose cada vez más pequeño hasta finalmente desaparecer.


Al día siguiente volví a la Heladería La Ibi. Pedí el mismo helado de siempre, pero sabía distinto. No conseguía atinar a lo que era diferente, pero definitivamente no era lo mismo. El empleado de la heladería también era otro, pero tal vez es que no me había fijado en él el día anterior.
Me senté en la misma mesa donde Albert y yo estuvimos. El cielo estaba completamente nublado; el sol brillaba en algún lugar del espacio desconocido para mí. Cuando me terminé el helado me levanté y volví la vista a la heladería. Su nombre había cambiado; las letras habían sido reemplazadas por unos símbolos que parecían sacados del jeroglífico de un periódico. O así lo recuerdo.

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