El instante bendito

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Cuando veo una película, o una serie, o me llega la existencia de un famoso por cualquier otro medio, siempre busco dos cosas en Google: su edad, y su pareja. Busco su edad para saber si puedo albergar la esperanza de ser como él algún día. Busco su pareja para averiguar si realmente quiero ser como él.

Se cuenta que la gente revela más su manera de ser por sus actos que por lo que dice. Aunque los que me conocen dicen que soy alguien callado, en silencio no paro de hablar conmigo mismo. Hablo de lo que me preocupa, del pasado, del futuro, de la soledad, la pereza, la desesperanza. Me defino más por lo que no hago que por lo que hago. Me digo que soy escritor, pero casi no escribo. Que soy músico, pero hay días en que ni miro a mi guitarra. Que soy un genio por descubrir, cuando la verdad es que no soy nada especial. No soy nada, de nada.

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No siempre fue así, y por eso a veces hablo del pasado. Cuando lo hago es siempre en términos positivos, glorificadores incluso. Intento demostrarme a mí mismo que hay algo de valor en mí, que no todo en mi vida han sido ausencias. Miro atrás porque quiero volver a encontrar el camino para avanzar. Sin embargo, nadie me ha dicho que estuviera yendo por el camino correcto.

Las noches son lo más difícil. A menudo sueño, y eso es garantía de una mala mañana, la cual a su vez es garantía de un mal día. El bucle se repite durante semanas, quincenas, meses. Da igual con lo que sueñe, toda alternativa me parece preferible a esta realidad. Este sufrimiento inútil, que no conduce a ninguna parte, que es malgastado en este cuerpo que cada vez repudio más. Me siento como un gran agujero negro.

Y entonces miro a los famosos, y a mis amigos, y a otros desconocidos, y observo desde la distancia esa vida perfecta que perfectamente sé que no existe. Y aun así les envidio, desearía estar en su lugar. Me pregunto qué es exactamente lo que quiero: ¿es la riqueza? ¿El éxito social? ¿La belleza? ¿La ausencia de drama?

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La respuesta la encontré lejos de imágenes ajenas y en una propia que nunca se me irá de la cabeza. Mi segunda novia, caminando junto a mí en Barcelona, preguntándome si me gustaban los labios rojos. El instante bendito. Eso es lo que busco, me digo. Eso es lo que quiero.

Pero la mayoría del tiempo uno no está de humor para la felicidad. Hay que madrugar, trabajar, sacar la basura, dar de comer a los pájaros, hacer la comida, fregar el suelo. No se puede huir del instante bendito, siempre lo querré, y siempre será así. Da igual cuánto me diga que ser joven y estar enamorado no es la solución, para mí siempre estará ahí, como un satélite apareciendo y desapareciendo por el horizonte. Cuando me defino, el dolor es lo primero que veo. Cuando hablo del futuro, su ausencia es todo lo que deseo.