Alexandra, Hotel Cafe (Parte 3)

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Pues fue como tirarse a una piscina desde una gran altura en una mala posición. Dependiendo de cuántos metros estemos hablando, la sensación es como la de darse de bruces con un suelo de cemento. Ya sé que no te gustan mis analogías, pero deja que me explique. Yo estaba muy enamorado de ella, o al menos eso creía. En realidad creo que nos pasa a todos. Conocemos a alguien, le quitamos lo malo, exageramos lo bueno y se lo ponemos fácil a Cupido. Esta pantomima sería inocua si no fuera por el hecho de que a veces somos correspondidos. Ahí es cuando todo se va al garete.

Su nombre no importa, pero su seudónimo es Alexandra. Es artista, y lo utiliza para su trabajo. No sé, supongo que su nombre real no le gustará. Yo nunca le vi nada de malo. En cualquier caso, como te dije, yo estaba muy enamorado. Claro, con los años eso se te pasa: conoces a otra gente, tu percepción de la vida cambia, quizá hasta te vuelves a enamorar… pero en el caso de esta chica, siempre quedaba algo, lo necesario para poder reavivar la llama (espera, ¿reavivar la llama? Sueno como un señor divorciado de 47 años).

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El caso es que por azares de la vida, acabé mudándome a la ciudad donde ella vive, y como era de esperar me la encontré un día. Hola qué tal, dos besos, lo típico. ¿Qué cómo me sentí? Supongo que estaba nervioso, pero en el momento no lo notaba. El caso es que me sorprendió su comportamiento, ¡no había cambiado! Me transporté a años atrás, cuando la situación entre los dos se volvió tan insoportable que tuve que dejarlo. Quiero decir, se mostró amable y cordial, no parecía guardarme rencor. Pero algo en su tono de voz dejaba pasar un poco de agresividad hacia mí, como si quisiera probarse superior o incluso humillarme. ¿A qué venía esa actitud?

Pero espera, porque eso no fue lo peor de todo: ¡yo estaba totalmente complaciente, como un cachorro al que no le han dado de comer! Por alguna razón me tragué toda su negatividad y me centré en mí mismo, en cuidar lo que decía, con miedo a que ella pudiera explotar y todo se fuera al traste. ¡Como cuando estábamos juntos! ¿Por qué sentía yo tal necesidad de complacerla, si ella ya no era nada para mí? Bueno, estoy siendo injusto: era algo, pero tan solo la sombra de un recuerdo. La cosa es que yo no quería nada de ella, al menos conscientemente. Pero algo en el fondo buscaba agradarle, gustarle incluso, atraerla, seducirla. Algo en mí buscaba a esa chica de la que me enamoré, aunque fuera imposible encontrarla.

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Me despedí abruptamente y me fui de allí, tenía que procesar lo ocurrido. ¿A quién quería engañar? Parte de mí deseaba besarla, abrazarla, hacer como si no hubiera pasado nada. Pero la realidad es que su actitud hacia mí era como un insulto. O sea, que había veces que me daba la sensación de que no me respetaba como persona, y eso no puede ser. Y no lo achaco a que ella deseara vengarse de mí, o que tuviera un mal día. Creo que simplemente, ella es así, y estaba tan ciego que no lo veía. Mira, dicen que el amor se extingue cuando solo queda la indiferencia. Para mí, el amor solo se termina cuando lo que hay es repulsión.

Por cierto, me invito a verla tocar en el Hotel Cafe, en un par de meses. No creo que vaya. No es que no quiera verla; si fuera podría evitar hablar con ella fácilmente. Simplemente, es que no quiero mentir.