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Aun a riesgo de parecer un disco de Adele (puedes leer mi otra entrada titulada 23 aquí), siento que es momento de hablar de lo que es, para mí, tener 26 años.

Evidentemente, no mucho ha cambiado, pero la verdad es que nada es lo mismo. Es un poco como la sensación que tuve al volver a casa estas Navidades. Fue la primera vez que volvía después de estar meses fuera, y a pesar de que todo seguía igual, sentía que me movía en una realidad distinta, como si fuese un pez al que sacan del mar y colocan en un acuario, donde el agua tiene un color distinto.

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Una de las cosas nuevas a las que me estoy enfrentando es a la pérdida de algunos de mis amigos. Recuerdo que la primera vez que me enfrenté a algo similar fue con el paso del colegio al instituto; pero aquello era distinto, era natural. Ahora que somos mayores y llevamos teniendo una personalidad definida durante años, me da la sensación de que las amistades que tengo deben de ser para siempre. Porque sería lo lógico. Pero la vida no actúa con esas reglas. De repente te das cuenta de que hace meses que no ves a esa persona, de que no te contesta al whatsapp, de que no te pregunta cómo estás. Un día, simplemente, deja de estar ahí. Y tú te preguntas qué ha podido ocurrir. ¿En qué momento se ha acabado todo?

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Claro que muchas veces hay una respuesta a esa pregunta. La gente se pelea, se distancia porque se muda a otra ciudad o por otras circunstancias de la vida. Sí, a veces se puede explicar, y aunque duela, reconforta. Lo peor es cuando no tienes ni idea de por qué alguien deja de ser tu amigo. Y necesitas respuestas, y no lo puedes dejar porque la duda te reconcome, y desearías pulsar un botón para que esa persona volviera. Y cuando les llamas por teléfono en un día de flojera, el tono de llamada se eterniza y se expande como si el tiempo fuera un chicle.

Joan Didion escribió en El año del pensamiento mágico: “A single person is missing for you, and the whole world is empty.” A veces me da la sensación de estar viviendo, como Joan Didion, en mi particular año del pensamiento mágico. Es un tipo de creencia ciega que se genera a fuerza de quererlo mucho, como cuando de pequeño uno piensa que si encesta una bola de papel en la papelera aprobará el examen. En mi caso, dejar que las cosas ocurran solas me hace creer que cuando termine el máster, mágicamente algo pasará y me saldrá un trabajo, o cualquier otro tipo de oportunidad.

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La realidad es que las cosas no ocurren por sí solas, todo tiene una causa. Pero al mismo tiempo, no sé por qué algunos de mis amigos me han dejado, ni sé qué me deparará el futuro. A veces la vida opera en formas misteriosas, invisibles para el ojo humano, y lo único que nos queda es intentar hacer lo que creemos que es correcto, y esperar que, aunque nuestra cabeza se llene de pensamientos mágicos, podamos ver la realidad tan clara como el agua del océano.

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